Barry STRAUSS, La batalla de Salamina. El mayor combate naval de la Antigüedad

Barry STRAUSS, La batalla de Salamina. El mayor combate naval de la Antigüedad, Barcelona, Edhasa, 2006, 448 pp. [ISBN 978-84-350-2678-7]

 

De gran acierto debemos calificar la edición traducida al castellano de la obra de Barry Strauss aparecida en 2004 bajo el título de Salamis: The Greatest Naval Battle of the Ancient World, 480 BC, que alcanzó gran éxito editorial en su país, Estados Unidos, y que ya ha sido traducida a cinco idiomas. No sólo hay que agradecerle al autor su acercamiento a un tema y a una batalla tan interesante, sino que, además, guardando las distancias, este trabajo de inspiración herodotea viene a sumarse a la revisión de dicho historiador y vuelve a ponerlo de moda, lo cual ya consiguió recientemente Ryszard Kapuscinsky con sus Viajes con Heródoto.

La originalidad del trabajo de Strauss trabajo reside en su concepción de la obra y en la elección de un método, en cierto modo también muy próximo al de Heródoto. Los editores españoles lo catalogan de «ensayo histórico» dada su peculiar planteamiento, pues, en realidad es una propuesta atrevida y acertada, por cuanto el estudio puede considerarse a mitad de camino entre una sesuda monografía sobre el tema propuesto y la novela histórica tan en boga en la actualidad, pero con la virtud de saber extraer de cada una de ellas lo positivo. De esta manera, el autor no sólo se aseguraba la atención de los estudiosos de la historia de Grecia, sino también la aceptación de los aficionados a la historia desde la visión más prosaica y más literaria de la novela histórica, en especial sobre el mundo clásico, tan en boga por obras como las de Massimo Manfredi o Gillian Bradshaw, por citar algunos nombres de actualidad. Así, para quien participe de las dos aficiones, la del especialista en historia antigua y la del «devorador» de novela histórica, la obra de Strauss resulta una lectura altamente gratificante, por cuanto cumple la máxima clásica del docere delectando.

No obstante, el éxito de la obra no reside exclusivamente en la concepción de la obra, sino en otros factores de los que a continuación daremos cuenta.

 

 

En primer lugar, el historiador, Barry Strauss, profesor de Historia y Cultura Clásica en la Universidad de Cornell, es un gran estudioso de la historia griega, no sólo de aspectos meramente políticos, como los manifestados en obras suyas como  Athens after the Peloponnesian War: Class, Faction and Policy 403-386 BC, de 1986, sino también de otras cuestiones como la estrategia y los hechos militares, demostrados en obras como The Anatomy of Error: Ancient Military Disasters and Their Lessons for Modern Strategists, de 1990. Como cúmulo de sus investigaciones y de sus conocimientos multidisciplinares, el autor abarcará en esta obra cuestiones históricas, sociales, económicas, demográficas, militares, topográficas, náuticas, climáticas y eólicas, gastronómicas y alimenticias, etc., para ofrecer su visión de la batalla desde todos las perspectivas y factores que pudieron influir en ella, incluyendo referencias a hechos históricos anteriores y posteriores, en especial de la Guerra del Peloponeso. Así, la estancia en Grecia y Turquía le permitió conocer de primera mano la topografía y orografía de las zonas del Ática y de las islas cercanas donde se produjo la batalla de Salamina y de las ciudades e islas del mar Egeo, así como las condiciones climáticas (en especial, la intensidad y dirección de los vientos) del estrecho de Salamina y diversos aspectos arqueológicos.

También allí se documentó sobre la maniobrabilidad y construcción de trirremes y otros aspectos de las marinas de la Antigüedad. En cierto modo, la obra resulta una pequeña enciclopedia sobre la batalla estudiada.

Además, el estudio demuestra un gran conocimiento de las fuentes de la Antigüedad, centrándose sobre todo en las figuras y obras de Heródoto, de Esquilo (en concreto, su obra Los persas) y de Plutarco (Vida de Temístocles), que, en especial en los dos primeros casos, servirán de hilo conductor de sus presupuestos históricos y de sus suposiciones e hipótesis sobre todo aquello de lo que no hay argumentos ni restos históricos demostrables. Junto a ello, la obra destila un profundo conocimiento de la crítica moderna sobre el tema. En este sentido, dos de los aspectos que alejan al presente estudio de las tradicionales monografías históricas, en ocasiones tan farragosas y difíciles de leer, reside, por un lado, en la inserción de notas, no a pie de página, sino al final del libro —clasificadas por capítulos en 19 páginas—, y sólo para indicar de manera general la referencia literaria clásica de las que saca sus hipótesis, y, por otro, en reducir al mínimo —sólo catorce páginas—, al final del libro, las referencias bibliográficas, catalogándolas por temática. Aquí se puede plantear, no obstante, un pequeño reproche al profesor Strauss, por cuanto, salvo escasas excepciones, toda la bibliografía está en lengua inglesa, sin referencias a obras en otros idiomas; con todo, el traductor ha incluido la indicación de ediciones en castellano de los textos clásicos greco-latinos.

El libro, tras los preceptivos agradecimientos y unas pequeñas páginas dedicadas a notas sobre onomástica, toponimia y abreviaturas, cronología del año 480 a. C. y sobre las embarcaciones (en cierto modo, estas páginas iniciales podrían considerarse una introducción), se estructura en cuatros partes o, quizás sea más correcto decir fases respecto de la batalla de Salamina: «El avance», «La trampa», «La batalla» y «La retirada»; las dos primeras partes se dividen en cuatro capítulos cada una y las dos últimas en otros tres respectivamente (el primero y último de los catorce serán el prólogo y el epílogo de toda la obra).

De esta «introducción» destaca un desglose de los distintos momentos de recopilación del material y de la composición del presente estudio, así como el cuadro cronológico por el cual se nos indica que desde los preparativos de la batalla (las maniobras de Jerjes para hacer cruzar a todo su ejército desde Asia a Europa en el Helesponto) hasta la retirada persa del Ática y la vuelta de los espartanos al Peloponeso, sólo transcurrieron cinco meses, de mayo a octubre del 480 a.C., y que la batalla se desarrolló en un solo día (se propone el 24 de septiembre).

La narración del estudio se articula en todos los casos de la misma manera: tras un mapa de la zona, donde se sitúan los accidentes geográficos fundamentales para los hechos y las posiciones ocupadas por sus protagonistas, cada capítulo, intitulado con un topónimo (Artemisia, Termópilas, Atenas, Salamina, Falero, Andros y Susa), comienza generalmente con la presentación de un personaje, no sólo de primera línea como Temístocles de Atenas, la reina Artemisia de Halicarnaso, el rey Tetramnesto de Sidón o Euribíades de Esparta, sino también secundarios para la guerra como Hermótimo, un eunuco de Jerjes, Sicino, el esclavo de Temístocles, o el poeta Esquilo, utilizados estos últimos para dar cierto halo de misterio a los hechos. Con el personaje de cada capítulo se introducen los proyectos, preparativos y movimientos previos de tropas, embajadas, consejos de guerra y asambleas relativos a la batalla y se analiza su importancia respecto de la misma.

A partir de la descripción del personaje se analizan en cada capítulo diversos factores, cruciales o no, de los preparativos de la batalla, de la batalla en sí y de sus consecuencias e implicaciones: en cierto modo, cada capítulo, salvo los de la cuarta parte, «La retirada», suponen pequeñas aportaciones, pequeños granitos de arena, que hacen comprender en su conjunto el hecho puntual de la batalla de Salamina, conduciendo, por tanto, a un único fin. Unido a esta disposición narrativa, hemos de decir que también resulta atractiva la consideración de los hechos desde la perspectiva de los griegos (sobre todo) y de los persas, con las implicaciones de los protagonistas y también de los personajes anónimos.

Otra característica atractiva del libro es el empeño de su autor por mostrarnos de un lado la psicología de los personajes principales (Temístocles, Jerjes, Euribíades y la reina Artemisia, sobre todo), sus tejemanejes, sus formas de actuar; así, en varios momentos se habla de la improvisación de los griegos y de la falta de escrúpulos de Temístocles a la hora de traicionar a los suyos y provocar la guerra, se expone la actitud de Jerjes, que no atiende a ningún consejo, pues ya tiene tomada su decisión, y, por último, se indica que entre los contingentes y nobles persas no había unión, sino sólo una ambición y un deseo por medrar y adquirir el favor real. Junto a ello, es remarcable una gran meticulosidad por parte del autor a la hora de describir la situación política en Grecia, marcada por la total desunión y la gran rivalidad entre las distintas poleis, así como el conglomerado de razas, costumbres, modos, fuerzas y armas que había en las tropas persas al servicio de Jerjes.

Otro factor que hace excelente el resultado de la obra de Strauss es el estilo narrativo, ágil, accesible, en ocasiones emocionante y dramático, con digresiones que detienen y retrasan la culminación de los hechos; en otras ocasiones con precipitación de los acontecimientos. Con frecuencia, la descripción de los hechos tiene ciertos tintes cinematográficos que enganchan al lector, pues al describir la ansiedad, la angustia o la espera de los personajes se crea en el lector dichas sensaciones.

En este sentido, una de las mayores preocupaciones de Strass ha sido intentar contar lo que hacían o pensaban los pobres, los remeros, los soldados anónimos de a pie, así como retratar qué les pasaban a los niños, ancianos y mujeres.

La narración de los hechos se ve favorecida también el paso de lo trivial a lo crucial dentro de los hechos se hace con gran naturalidad, de manera que no sólo resulta atrayente la narración, sino que, en consonancia con la combinación de personajes vitales como Temístocles y Jerjes con personajes secundarios, cuasi anónimos, nos hace conscientes de que los grandes acontecimientos de la historia son inviables sin los hombres anónimos que en ellos participan. En parte, esta doble combinación pretende realzar el significado de la batalla de Salamina: para Strauss es la victoria de la democracia y la victoria del talento de un personaje ambiguo como es Temístocles. Así, la obra se concibe ad maiorem gloriam de Temístocles, de la democracia y de Atenas.

Un elemento que añade valor a este ensayo es el atrevimiento de su autor a entrar en el terreno de lo que podríamos llamar ucronía, es decir, elucubrar o hipotetizar, a veces en exceso, acerca de cómo habría sido la historia en caso de que la batalla de Salamina hubiera sido vencida por los persas o acerca de los proyectos y previsiones que cada uno de los bandos tenía. Por consiguiente, aparecen con gran frecuencia el verbo «imaginar» y sinónimo, así como formas verbales condicionales que denotan planes, proyectos de los personajes y un futuro que ahora sabemos a ciencia cierta irreal e imposible. De hecho, en clara vinculación a esta tendencia, también se puede leer qué es lo que harían o qué penalidades podrían pasar los remeros, los pobres, los desprotegidos, etc. Desde el punto de vista de la concepción de la obra esta tendencia recurrente a las hipótesis e incluso a la divagación da un toque de irrealidad, originalidad y creatividad al libro que contrarresta o, mejor dicho, equilibra la profunda investigación de su autor, pues, además, Strauss deja claro al lector cómo debe discernir entre lo erudito y lo novelesco.

En el epílogo, en relación con la concepción de la obra ad maiorem gloriam de Temístocles, de la democracia y de Atenas, se ofrecen reflexiones interesantes sobre la democracia como el gran legado de Salamina, llegando en un somero repaso a la democracia del siglo V a.C. hasta Pericles. Con todo, Strauss no puede abstraerse de criticar dicha democracia, por cuanto, tras la guerra, Atenas se erigió como un imperio democrático, o, si lo preferimos una democracia imperialista (¿en clara, pero velada crítica a la política de Estados Unidos?), de manera que el imperio aqueménida en el Egeo fue sustituido por el imperio ateniense. Además, se enuncia el conflicto desde una perspectiva quizás anacrónica, como el primer enfrentamiento entre Occidente y Oriente, entre la civilización contra la barbarie: Jerjes, el rey tirano de Persia y representante de todo el Oriente Próximo y Medio, es un vengador, un cruel castigador que no tolera los errores, pero va a ser derrotado por Temístocles, el guía de Atenas, el adalid de la democracia y de la libertad como fundamentos de Occidente y el defensor de la ciudad y de la cultura cuna de la nuestra propia cultura occidental.

Por otro lado, al menos, para nosotros, la obra en sí y su estilo ofrecen ciertas reminiscencias añadidas que nos recuerdan a Herótodo y detectables por muy diversos factores: Strauss cuenta algunos pasajes desde la perspectiva del que ha viajado y ha visitado los lugares de la batalla (como Heródoto hizo en su momento); el investigador norteamericano ha elegido conscientemente al público al que va a dirigir su obra (estudiosos y entusiastas de la historia antigua) y constantemente quiere compensar datos complejos con descripciones más mundanas (del mismo modo que Heródoto tenía un público al que debía mantener atento y al que no podía aburrir contando sólo las Guerras Médicas); además, siempre que tiene ocasión se aleja de la narración de los hechos para detenerse en digresiones, anécdotas y tópicos de la Grecia antigua —no necesariamente de los años de las citadas guerras, sino también de hechos anteriores y posteriores a las mismas—, adquiriendo la obra cierto cariz enciclopédico.

Con todo, pocas obras quedan exentas de algunos defectos, que en ocasiones pueden considerarse excesos de lo que en un principio eran puntos positivos del libro: uno de ellos es el uso de estas digresiones y tópicos sobre la Grecia antigua, pues a veces resultan superfluos e innecesarios (por ejemplo, al citar Eleusis explica los misterios eleusinos, al mencionar el monte Himeto explica los productos típicos del lugar, o al describir a Sostrato de Egina nos hace un excursus sobre el poder marítimo de la isla antes de las Guerras Médicas); también se producen repeticiones un tanto pesadas (por ejemplo, cuando menciona el número de barcos de cada contingente en casi todos los capítulos) o el suspense de algo ya conocido en ocasiones puede resultar un tanto cargante. Achacable probablemente al traductor, se producen molestos errores en la trascripción de los nombres propios griegos al castellano y en el uso de términos técnicos, de los que a continuación sólo damos unos ejemplos: Tespia en lugar de Tespias, Mycale por Micale, Euphrantides por Eufrántides, dobletes como Piteas/Pitias y Egaleo/Egileo, deme en lugar de demo, paean por peán. En las notas, se ofrece el nombre del autor clásico traducido al castellano, pero el título de la correspondiente obra no, por lo que leemos citas tan chocantes como Esquilo, Persians, o Plutarco, Life of Themistocles.

Desde el punto de vista de la consideración de los hechos, quizás por dar esa visión cercana a la novela histórica y por cierta imparcialidad a favor de los griegos y de la democracia, hay momentos en los que la batalla parece estar concebida a modo de un western (o las películas modernas donde generalmente norteamericanos se defienden contra invasores), donde los buenos, defensores del orden y de los grandes principios de la democracia y de la libertad, —los griegos y Temístocles—, luchan contra los malos, el tirano imperialista sin límites a sus ambiciones y sus súbditos, —el gran rey, Jerjes y todos sus súbditos persas, medos, bactrios, fenicios, carios, egipcios, etc.

Por otro lado, al leer el epílogo y reflexionar sobre el conjunto de la obra, queda la sensación de que la batalla está narrada desde un posicionamiento tan favorable a los griegos, que parece que todos los hechos sucedieron por voluntad de los griegos y de Temístocles, planteando el proyecto de Jerjes como un ansia de derrotar a los griegos para vengarse y reconociendo escuetamente el mérito de Jerjes y de su expedición, al tiempo que se recrea en señalar todos los errores tácticos y logísticos de la empresa.

A pesar de todas estas carencias, peccata minuta en un trabajo de tanta calidad, en su conjunto es altamente recomendable la lectura de esta obra por la buena difusión de un tema del que siempre hablamos los helenistas, pero del que a partir de ahora a buen seguro nos hemos enriquecido gracias a los datos y perspectivas de Strauss.

Publicado en Gerión (2007), 25 vol. 2, pp. 177-182.

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