
(I
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- Has estado brillante, esposo – dijo la reina Criseida a su marido apenas el último consejero abandonó la cabaña real. Había sido tan larga la sesión del consejo, que algunas teas se habían consumido por completo y dejaban amplias zonas del salón principal en la oscuridad más absoluta.

El rostro de Criseida, en cambio, resplandecía de satisfacción. Estando a solas con el rey Amulio no necesitaba ya fingirse escandalizada ni apenada por la suerte de su sobrina. Se dejó caer sobre su sitial, agotada por tantas alegrías en una sola jornada. Con el matrimonio de su hija Anto había visto cumplida una vieja ambición, pero rematar el día con la condena a muerte de la odiada Rea Silvia había superado con creces sus expectativas más optimistas. ¿Y no eran inenarrables las expresiones de Númitor y Aurelia cuando habían sido conminados a salir del cuarto de Rea Silvia para no volver a abrazarla nunca jamás?
Desde luego Aurelia estaba espantosa, con los cabellos revueltos, la espalda encorvada y los ojos hinchados como los de una rana, arrastrándose a sus pies y suplicando piedad para su hija. ¡Qué desvergüenza, defender a una sacrílega, por muy hija suya que fuera! Con esas mismas palabras se lo había dicho. En cuanto a Númitor, no creía que pudiera seguir deambulando por los campos para componer ningún tratado sobre las abejas. Estaba tan hundido que todo lo más que alcanzarían a ver sus ojos serían hormigas… Le pareció una idea ingeniosa y la dijo en voz alta.

- Es preciso resolver algunos asuntos prácticos – dijo el rey Amulio pensativo, sin seguirle la broma –. La vigilancia de Rea Silvia, por ejemplo.
- ¡Me niego a tenerla aquí, en la cabaña real! – respondió rauda Criseida, poniéndose en pie –. ¡Bastante hago ya con aguantar que viva hasta el parto! En eso te has equivocado, Amulio, has sido débil. ¿No sacrificamos a los dioses cerdas, ovejas y vacas preñadas en determinadas ocasiones para ganarnos su favor? No veo razón para actuar de otro modo con esa sacrílega que ha arrastrado nuestro buen nombre por el fango y ha ofendido a las divinidades.
- Es de mal agüero matar a una mujer encinta, Criseida, lo sabes de sobra – cortó Amulio con impaciencia –. Alégrate de que podamos librarnos de ella lícitamente, sin que ningún ser, ni divino ni humano, nos lo pueda reprochar. Pero ya que he decidido no hacer públicos su sacrilegio ni su ejecución, necesitamos mantenerla oculta hasta que llegue el día.

- Encárgaselo a Prátex.
- A él ya le he dado instrucciones. Pero, aparte de él y sus hombres, tendrá que haber con ella alguna mujer para cuidarla. No quiero que se muera antes de tiempo. Y después de lo ocurrido, no me fío de las albanas…
- Recluye con Rea Silvia a su doncella, que es una de las culpables de ayudarla a esconder el sacrilegio y, llegado el momento, nos desharemos de ella también. Más adelante, para asistirla en el parto, puedo hacer venir secretamente a alguna matrona de Lavinio. Déjame pensarlo y hacer algunas averiguaciones. ¿Dónde la esconderás?
- No preguntes. No debe saberlo nadie, ni siquiera tú. No quiero que Rea Silvia reciba ninguna clase de auxilio ni consuelo.

- ¿Y crees que yo se lo daría? – bufó, incrédula, Criseida.
- Sé cuánto la odias, mujer. Y como el odio suele ser imprudente, es mucho mejor para todos que ignores los detalles. En un momento de cólera podría escapársete algo…
Humillada y ofendida por esta respuesta, Criseida no le replicó. Tiempo tendría de indagar sobre ese asunto. Y por nada del mundo quería que un disgusto de última hora le estropeara un día tan feliz y completo. Se puso de pie y declaró que iba a tumbarse y descansar un rato, porque ya estaba próximo el amanecer.

Al despuntar el día, un grupo de criados del rey Amulio, encabezado por su hombre de confianza, Prátex, penetró en el bosque sagrado de Silana. Habían salido de Alba Longa siendo aún de noche, sin encender antorchas, y habían recorrido el camino hasta el bosque alumbrados únicamente por la luz de la luna. Llevaban sobre los hombros hachas y picos, entre otras herramientas, y en sus oídos aún retumbaba la orden terminante de realizar el trabajo de manera rápida y sigilosa. Nadie, absolutamente nadie, debía verlos entrar en el bosque ni saber siquiera que estaban allí. En cuanto al trabajo que iban a realizar, debía quedar en el más absoluto secreto.
Un vientecillo ligero agitaba las ramas de las encinas transformando las hojas en una masa móvil, sonora y amenazante, oscura contra el claror del cielo. Los hombres caminaban temerosos, conscientes de que su jefe no se había parado ni un instante a solicitar el permiso de la ninfa para entrar de tal modo en sus dominios.

Uno arrancó con disimulo unas ramitas de romero que crecían entre unas rocas y las depositó más adelante sobre un piedra cóncava mientras movía los labios en una silenciosa invocación a Silana. Otros lo vieron y lo imitaron. Ninguno de ellos sabía qué clase de trabajo tendría que hacer allí, pero la presencia de Prátex no auguraba nada bueno. Era una mala persona.
A cierta distancia, la suficiente como para distinguirlos en la oscuridad y no perderlos de vista, una sombra los seguía ocultándose tras los árboles, sin hacer ruido. Una habilidad que se debía a muchos años de práctica: el pordiosero Alec se había acostumbrado desde niño a ir de una parte a otra de Alba Longa sin ser visto. No porque quisiera ocultarse, como en ese momento, sino porque la pobreza suele ser invisible. Y aunque en aquellos lejanos tiempos las diferencias entre ricos y pobres eran insignificantes, Alec se movía siempre, instintivamente, con cautela.

No había dormido esa noche fatídica. Su instinto olfateaba que Rea Silvia estaba en peligro y desde primeras horas de la mañana del día anterior había procurado mantenerse cerca de ella. Incluso la había avisado cuando la vio salir de la casa de las vestales para asistir a los ritos matrimoniales de su prima Anto. Durante el banquete de bodas la había observado de lejos. Y ya por la tarde, cuando la comitiva nupcial regresaba de acompañar al nuevo matrimonio hasta la cabaña de la viga roja que sería su hogar, había visto a Rea Silvia desfallecer y caer al suelo. El corazón le había dado un vuelco.
Siguió al carro que la conducía a la cabaña real y allí, en el prado trasero, se había encontrado con las amigas de la vestal: Énule y Amnesis, la doncella Tuccia y la pastora Palantea, que había hecho sonar su siringa toda la noche, sin descanso, para que Rea supiera que estaban allí.

Los criados de Amulio los habían obligado a alejarse del ventanuco y la cabaña, así que se habían apostado a cierta distancia y habían seguido esperando. Desde allí vieron salir a los consejeros, a la Vestal Máxima Camilia, a los padres de Rea Silvia encogidos y deshechos, acompañados por el consejero más anciano en cuya cabaña debían alojarse. No les permitieron acercarse a ellos. Y cuando, por fin, aún de noche, había visto a Prátex abandonar sigilosamente la cabaña real, decidió seguirlo. Y había acertado al hacerlo, porque era muy sospecho que se hubiera adentrado a esas horas, con un grupo de hombres, en el bosque de Silana. ¿Qué se propondría hacer?

Del sendero por el que caminaba el grupo salía un ramal que conducía a la cueva donde brotaba, cristalina, la fuente sagrada de la ninfa. Prátex y sus hombres pasaron de largo, dejando el desvío a su izquierda, seguidos del silencioso Alec. El bosque se espesaba a medida que ascendía por la ladera y la senda, que discurría ondulante entre las encinas, se iba desdibujando invadida por las hierbas, señal de que poca gente transitaba por allí, hasta desaparecer por completo. Aún siguió andando Prátex un tramo más y al fin llegaron al límite del bosque: la pendiente era tan empinada que se convertía en un muro y resultaba imposible continuar. Caminaron entonces en paralelo a esa barrera natural en dirección al oeste y, tras un declive suave pero prolongado, fueron a desembocar a una hondonada. Se trataba un rincón amplio y despejado de árboles, abrigado por dos laderas altas y abruptas y otra mucho más baja pero igualmente empinada. El único camino practicable era el que ellos mismos habían seguido. Allí se detuvo Prátex.

- Hemos llegado – dijo, dejando caer una bolsa de cuero que llevaba colgada al hombro. Era evidente que conocía el lugar y había estado allí recientemente, porque fue directo hacia un montoncillo de piedras gruesas, cogió unas cuantas y con ellas marcó en el suelo el contorno de un óvalo, no muy grande.
- Tú – dijo dirigiéndose a uno de los hombres y señalando el óvalo –, coge la azada y limpia de maleza toda esa zona. Los demás, venid conmigo.
Retrocedieron un tramo. El pordiosero Alec volvió sobre sus pasos a toda prisa y se ocultó detrás de una encina centenaria. Desde su escondite, vio a Prátex y a los demás criados palpar los troncos de algunos árboles jóvenes y calcular su grosor y altura. Los marcaban atándoles una cuerda alrededor de una rama baja. Y antes de que rompiera el día, las hachas se pusieron en movimiento y sus filos cortaron el aire.