
(I)
Durante siglos se ha considerado el tejido de la lana como una de las ocupaciones más antiguas y nobles que realizan las mujeres. El telar refleja, en cierto modo, el orden del mundo: sólo cuando cada hilo está en su sitio, cuando la urdimbre y la trama se han entrecruzado de la manera adecuada, se consigue un resultado armónico y hermoso. Esa labor requiere paciencia, destreza y sabiduría. Eso es lo que a mí me han enseñado.
Sin embargo la experiencia nos dice que no existe tal orden en el acontecer del mundo. Que los hilos se cruzan y se enmarañan sin que sepamos por qué ni alcancemos a comprender cómo. Menos todavía podemos apreciar qué clase de armonía resulta de todo ello pues, pareciendo obra de una mano enloquecida y siendo los seres humanos simples hebras de ese tejido, zarandeadas por los trajines del telar, nos es imposible ver el conjunto. Solo cuando ha transcurrido mucho tiempo y se mira hacia atrás con los instrumentos adecuados y voluntad de comprender, se puede extraer, de entre la confusión, unos pocos hilos con los que encontrar sentido a lo pasado. Así pues, he descubierto que el telar no representa, como yo creía, el orden del universo, sino un método humano, aunque imperfecto, para descifrarlo.
Viene esta reflexión a cuenta de las dificultades que hallo, continuamente, al componer este relato con el cual pretendo reconstruir de manera sencilla los orígenes de Roma. Con frecuencia me abruman las dudas, titubeo ante la decisión de qué hilo coger, qué otro dejar de lado, dónde cortar, qué otras tramas incluir u obviar. Este es un inconveniente que comparto con muchos de mis colegas, si bien se agrava en mi caso por tratarse de un asunto tan remoto y del que pocos quieren hablar. Y también, justo es decirlo, porque en nuestros días no soplan vientos favorables a Rea Silvia.
A los romanos, orgullosos de dominar el mundo, les desagrada que les recuerden aquel sacrilegio fundacional. Prefieren silenciarlo, fingir que no ocurrió. Y así como se envanecen de llamarse hijos de Marte, relegan al olvido la memoria de Rea Silvia, sin la cual su estirpe no hubiera existido. Les avergüenza llamar madre o ilustre antecesora a una virgen vestal. Su violación constituyó un sacrilegio, sí, un crimen contra los dioses, un delito de la peor especie. A todos nos horroriza. Condenamos esa ofensa a la diosa Vesta, garante de la supervivencia de nuestros hogares y nuestra ciudad, pues a ella le estaba consagrada la virginidad de Rea. Mas tratándose de un crimen capital, ¿por qué proclamamos con orgullo ser descendientes del dios agresor? ¿Por qué, en cambio, renegamos de la víctima inocente añadiendo a su infortunio nuestro rechazo y olvido? He aquí la ingratitud secular que me proponía combatir al narrar esta historia y para lo cual no sé si cuento con suficientes armas.
¿Sería inexacto decir que los romanos han heredado de Rea Silvia su entereza y coraje? A golpe de adversidades forjó su voluntad de no rendirse nunca, de pelear hasta el último aliento. Lejos de doblegarla, las desventuras fortalecieron su espíritu y la hicieron resistente al dolor, dispuesta a toda clase de sacrificios. No vaciló en someterse a la voluntad de los dioses y antepuso, a su propio bien, el bien de todos. Esas son virtudes humanas, pues los dioses no las necesitan.Y si es cierto que hemos recibido del padre Marte el don de la superioridad en la guerra, no fue menos valioso el legado de Rea Silvia: de poco aprovecharía a Roma la destreza en el manejo de las armas y la brillantez en las estrategias del combate si los soldados que han de empuñarlas y dirigirlas, es decir, si sus propios hijos, no estuvieran sostenidos por aquellas virtudes. ¿Habrían llegado a construir un imperio si vacilaran, si temieran morir, si desconfiaran de sí mismos, se derrumbaran en la adversidad o claudicaran ante el sufrimiento? Todo esto debemos agradecer a Rea Silvia, pues fue mucho más que la madre de los gemelos fundadores de Roma: ella fue la primera romana.
Fue entonces, mientras ejercía su sacerdocio, cuando se cometió el sacrilegio: el dios Marte la deseó y la poseyó, sembrando en su vientre virginal una doble semilla divina. Sometida a esta nueva prueba, Rea Silvia utilizó todo su ingenio y su voluntad para salvaguardar la vida de los gemelos ocultando su embarazo.
Rea Silvia no se derrumbó al serle comunicada su sentencia de muerte. Antes de oírla, la había leído en los ojos empañados de su padre cuando, seguido del consejero más anciano, entró en el habitáculo de la cabaña real donde la habían recluido. En el suelo, plegadas junto a la yacija donde seguía recostada tras su desvanecimiento, aún estaban las bandas con las que había apretado su vientre para ocultar su embarazo; en un tobillo quedaban restos de pintura amarillenta, retazos de una enfermedad fingida. Su rostro, aunque pálido, estaba sereno.
- ¿Permitirá el rey que nazcan mis hijos? – preguntó con calma.
- Serán ahogados apenas vean la luz – respondió el consejero anciano –. En cuanto a ti, Rea Silvia, has sido hallada culpable de sacrilegio. Expiarás tu crimen siendo azotada con varas hasta la muerte.
La madre de Rea Silvia, que se había puesto en pie al entrar los dos hombres, sofocó un grito.- Por consideración especial de tu tío, el rey Amulio – prosiguió el anciano –, tu delito se mantendrá en secreto. Así no mancharás de infamia el nombre de tu familia. La sentencia, por tanto, no se cumplirá en la plaza pública como es costumbre, sino en un lugar privado, a resguardo de miradas ajenas, en presencia de tu familia, los sacerdotes y las vestales. Hasta el momento de la ejecución, quedarás bajo la custodia del rey.
Rea Silvia cerró un instante los ojos. Para apartar de su mente todo el horror que encerraba el brutal castigo de morir flagelada, se decía: “nacerán mis hijos, nacerán mis hijos…” y en ese pensamiento hallaba fuerza. Si sus hijos nacían, quizá podrían sobrevivir. Y si sobrevivían, podría hacerse realidad la profecía de la anciana Celia, aquel vaticinio suyo, tan desconcertante, que había proclamado durante el funeral en honor de su pobre hermano. Palabras de inspiración divina, pronunciadas en estado de trance profético: que los nietos de Númitor vengarían los crímenes del rey Amulio.
- Una última cosa – dijo el anciano consejero, sacándola de su ensimismamiento. Su voz sonaba opaca por la emoción –. Despídete ahora de tus padres. No volverás a verlos hasta el día de tu muerte.
Y el llanto, entonces sí, corrió a raudales por sus mejillas.
NOTA: Queridos amigos, me ha parecido conveniente iniciar esta tercera parte de la novela sobre la Fundación de Roma con este capítulo que resume un poco lo acontecido hasta el momento. Así nos sirve de refresco y, si se interesan nuevos lectores, pueden seguir la historia sin necesidad de leer todo lo anterior. Espero que, a quienes habéis seguido la historia fielmente desde el principio, no os haya resultado demasiado reiterativo o aburrido.




