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...en el “motu proprio” del Papa hay un detalle que me parece muy significativo. Declara que la enseñanza del latín se debe llevar a cabo con «métodos didácticos adecuados a las nuevas condiciones». Creo que se refiere al llamado “metodo natura” que logra buenos resultados cuando se aplica. Por ejemplo, la academia Vivarium Novum en donde se usa: los estudiantes jóvenes, provenientes de todo el mundo, aprenden latín en poco tiempo y aprenden a leer a los clásicos sin necesidad de un diccionario.


.Los luchadores podían recurrir también a una breve salmodia que debía pronunciarse con una ofrenda de carbón de roble e incienso sagrado, “con el que se habían mezclado los sesos de un carnero totalmente negro”. Un conjuro excelente para los corredores, llamado “hechizo de la victoria de Hermes”, dirigido al dios de la velocidad, podía grabarse en un pequeño medallón de oro y ocultarse en una sandalia, es decir, fuera del gimnasio, pues todos los varones atletas competían desnudos en la antigua Grecia. Otros atletas llevaban truculentos “amuletos de la victoria”, como la pata de un lagarto encontrado en un cementerio, para añadir elasticidad a su zancada. Los detalles precisan que había que capturar al reptil en cuestión de noche, cortarle la pata trasera derecha con una caña afilada y devolverlo vivo a su escondrijo..
.Estaban también los chutes orales: pócimas preparadas a partir de cientos de ingredientes misteriosos, como hierbas y raíces que debían recogerse en determinadas fases de la luna. De las aproximadamente cuatrocientas cincuenta plantas mencionadas en los papiros que se han conservado, los estudiosos modernos han podido identificar pocas. Muchas no eran más que nombres en clave que se les daban: el ajenjo era conocido como “sangre de Hefesto”; el espino era el “hueso de Ibis”. Otros ingredientes activos eran la tierra etíope, la sangre de una garrapata encontrada en un perro negro, la leche de cochinillo, la carne de salamanquesa moteada y el vino en el que se hubiera ahogado un cuervo. Lamentablemente, solo podemos aventurar una conjetura sobre el uso farmacéutico concreto de la hoja de mostaza exprimida, que los griegos conocían con el nombre de “semen de Hércules”..
.Estos abusos molestaban claramente a los organizadores de eventos deportivos griegos, que gestionaban unos trescientos cincuenta festivales en todo el mundo mediterráneo en un ciclo rotatorio. En los Juegos Olímpicos de la antigüedad, los atletas tenían que prestar un juramento solemne ante un trozo de carne sanguinolenta de verraco, que se había colocado ante una estatua amenazadora de Zeus blandiendo sus rayos, de que no habían recurrido a medios ilícitos para conseguir la victoria, una salvaguardia dirigida a la corrupción y la magia. Los jueces incluso obligaban a los participantes en los Juegos Olímpicos a vivir juntos en un barracón desde treinta días antes del comienzo de la competición, para poder tenerlos vigilados y asegurarse de que no se colocaban con nefandas pócimas u otras sustancias recomendadas por sus preparadores.Esto no parecía detener a los atletas, sobre todo porque, en la Grecia antigua, los beneficios para los vencedores eran aún más altos que en la actualidad. Además de los enormes premios en efectivo y los desfiles de la victoria que concedía la ciudad de origen del campeón, los atletas podían sacar un sacerdocio honorario, asientos de primera fila en el teatro, o un suministro vitalicio de aceite de oliva; algunos incluso se valían de su victoria para hacer carrera en la política. Aunque en la antigüedad no había acuerdos de patrocinio de empresas, los vencedores olímpicos ganaban enormes fortunas solo por hacer apariciones en los juegos provinciales, y recorrían el mundo griego como si fueran integrantes de un circo ambulante. Venerados por sus admiradores, aquellos atletas de alto nivel tenían garantizado un “dulce y apacible navegar” (como dijo el poeta Píndaro) para el resto de sus días.En resumen, los deportistas famosos de la antigüedad estaban tan lejos de sus conciudadanos como las estrellas de la NBA lo están hoy de los suyos. La tentación de hacer trampas, al parecer, era irresistible. Aunque los trataran como semidioses, al fin y al cabo solo eran humanos..
Portada del llibre Foto: EL PUNT AVUI. Robert Pibernat Ballesta (l'Escala, 1968-2011) era economista i articulista d'opinió, entre altres diaris d'El Punt Avui a més de col·laborador en revistes locals com L'Escalenc i Camí de ronda, fins que una llarga malaltia se'l va emportar. Com a darrer llegat va deixar escrit (i dibuixat) un conte dedicat al seu fill, Marc, farcit de respostes a moltes de les preguntes quotidianes que li feia i, sobretot, emmarcades a un lloc emblemàtic que un dia van visitar en família: les ruïnes d'Empúries. No va ser però fins que la seva muller, família i amics, així com l'impuls i la col·laboració de diverses entitats, com ara la revista Cedrhe i el Museu Arqueològic de Catalunya d'Empúries, que aquell conte personal ha esdevingut una realitat editorial.| | | |



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