Leo en algunos foros de profesores de clásicas la cuestión de qué hacer cuando recibimos alumnos de segundo de Bachillerato que deciden cambiar de especialidad sin perder curso y, por lo tanto, pretenden cursar a la vez Latín I y II (o Griego I y II) y me animo a contar mi experiencia.Esta situación se presenta cada vez con más frecuencia. Unas veces se trata de alumnos que han descubierto tarde su vocación humanística y otras de chicos a los que se les ha atragantado alguna asignatura (o profe) y deciden cambiar de especialidad como mal menor.
Confieso que en un principio yo era de los que pensaba que tales alumnos debían apechugar con su decisión y redoblar esfuerzos (o repetir curso) para adoptarse al nivel de la clase, pero hace ya tiempo que la experiencia y el trato con los chavales me ha hecho abandonar esas ideas y hoy, en estos casos, estoy siempre a favor de la decisión del alumno, sea cual sea su motivación.
En primer lugar creo que hay que desembarazarse de la obsesión programática que considera que nuestra misión principal es la transmisión de información.
De lo que se trata es de despertar la curiosidad del alumno, su gusto por aprender, por el trabajo en equipo y, sobre todo, por esforzarse en una actividad que siente como propia y útil para la sociedad. Y para lograr eso, lo de menos es si han cursado o no el latín de primero.
Pero alguno me dirá ¿y el programa? ¿y los otros alumnos? ¿y la PAU? Con un poco de sentido común y buena voluntad, no es tan difícil, y tampoco hace falta exigir al alumno que haga un esfuerzo titánico para lograrlo.
Recuerdo un curso en el que tuve dos alumnas que entraron en mi clase de Griego II sin haber cursado Griego I y al final sacaron ambas un 10 y aprobaron la PAU sin problemas (bueno, con algo menos de nota que un 10, aunque eso tampoco tenga mucha importancia).
¿Cómo lo hicieron? Hoy lo llamarían adaptación curricular (y ahora algún inquisidor saltará ¡adaptación curricular en el Bachillerato, esto es el colmo!).
Cuando trabajábamos la lengua propiamente dicha, dividía la clase en grupos o parejas (siempre lo hago así, en general soy seguidor de los métodos de Freinet, que son con los que yo mismo me he educado), y estas dos chicas trabajaban juntas de forma comunicativa el nivel de 1º de bachillerato. Los días que hacíamos talleres de cultura o literatura (fundamentalmente a través de murales, un fanzine y teatro), no había que hacer ningún tipo de diferencia de contenidos con el resto de la clase.
En los últimos dos meses trabajamos todos juntos las "técnicas" para enfrentarse al examen de PAU, y aunque estas chicas tenían, obviamente, un nivel más bajo que el resto de sus compañeros, su competencia era ya más que de sobra como para poder aprender esas técnicas y, por lo tanto, enfrentarse con éxito a la selectividad.
Y ahora mi inquisidor me dirá: ¿y el reglamento? ¿y la programación? ¿y las normas?
Incluso en mi etapa de jefe de estudios comprendí que, por encima de todo eso, deben estar el sentido común y las ganas de que los chavales aprendan.
Mi dominio de las destrezas de producción oral/escrita en inglés deja bastante que desear (tampoco es que el de las destrezas de comprensión sea muy allá, pero en fin, algo mejor sí que es). Lo peor de todo es que, a falta de un estudio sistemático del inglés, en mi pobre cabeza han ido entrando a lo largo de los últimos, digamos quince años, multitud de expresiones, palabras, sonidos y frases de la lengua internacional sin ninguna precisión ni corrección.
























