
(XXIX)
Cora se había presentado en la cabaña de la hondonada diciendo que venía enviada por Anto para ayudar en el parto. Rea Silvia se había puesto de parto antes de lo previsto y Cora se había apresurado a hacer un pequeño agujero por la parte exterior de la cabaña y atar una cinta de lana en una de las maderas de sustentación. Con ello impediría a Rea Silvia parir.
Muchos viajes había hecho esta tarde Urbano Lacio desde la casa de Amnesis a la de las vestales y de allí a la de Kritubis, llevando y trayendo recados cuando ya el cielo amenazaba tormenta. El encuentro por la mañana con Rea Silvia y los conjuros que había debido hacer la sacerdotisa de Diviana para librar a todos de un peligro mortal, los había perturbado mucho. Al cronista oral la preocupación y l

a impaciencia le impedían estar quieto. Algo estaba a punto de ocurrir, se percibía en el aire.
Tres veces salió de Alba Longa a esperar el carro que debía traer a Númitor y Énule y, pese a sus muchos esfuerzos, las tres veces fracasó en su intento de encontrar signos que anticiparan la voluntad divina. Sólo cuando la oscuridad estaba a punto de volver impracticables los caminos y empezaban a caer las primeras gotas, oyó junto a la linde del bosque la voz de una lechuza. Se detuvo a escuchar a esta ave consagrada a Vesta, pero justo entonces llegó el
carro con los viajeros y el ruido de las ruedas le entorpeció la audición.
Como si trajera en sus manos la salvación de Rea Silvia, así fue recibida la noticia de la llegada de Énule en las distintas cabañas donde moraban las amigas de la vestal. La serenidad de esa mujer calmaba los ánimos tanto como las hierbas sedativas más potentes y su sabiduría infundía confianza. Ahora que

había regresado a Alba Longa y estaban seguras de conseguir llevarla en secreto a la cabaña de Rea, podrían descansar. En cambio temían un estallido de cólera del rey Amulio cuando supiera que su hermano Númitor se hallaba en la ciudad sin su permiso. Mas ¿quién no comprendería a ese padre? Nadie hallaría reprochable que quisiera estar cerca de su hija y velar por ella.
Después de tantas emociones y agitación, la noche y la tormenta sorprendieron a cada cual en su morada. Númitor pensaba presentarse ante su hermano a la mañana siguiente y Énule sería conducida hasta Rea Silvia. A esos planes se abrazaron para aplazar sus inquietudes y conciliar el sueño. Olvidaron que el destino tiene su propio tiempo y sus designios se cumplen al margen de los deseos y temores humanos.

No había sueño ni descanso en la cabaña de la hondonada. Aullaba la tormenta, la lluvia batía con furia contra las paredes de adobe y parecía que el mundo entero se fuera a hundir. La luz rojiza del hogar iluminaba rostros agotados y en tensión tras largas horas de sufrimiento y espera.
- ¿No crees que lleva así ya demasiado tiempo? – preguntó angustiada Tuccia, viendo a Rea Silvia sacudida por terribles dolores sin que el parto avanzase.
- No, siendo una primeriza – respondió Cora con tranquilidad. De vez en cuando se acercaba a la parturienta y le palpaba el vientre fingiendo hacerlo con mano experta –. Hay que esperar.
La vestal se quejaba con voz débil. Sudaba y se contraía, respiraba aceleradamente. De vez en cuando cerraba los ojos con momentáneo alivio y enseguida una invisible mano le retorcía las entrañas hasta dejarla sin fuerzas. Repetía en su mente la invocación que le había enseñado Kritubis: “Desata, Luna; suelta, Diviana. Señoras de la vida, Señoras de la muerte, deshaced lo anudado y que el fruto de Marte salga de mi vientre; Luna y Diviana, Silana y Vesta, madres propicias: oíd mi súplica”.
Tuccia no se separaba de su lado. Le mojaba los labios resecos, le cogía la mano para darle ánimos y su desconfianza hacia Cora iba

creciendo. No la veía preocupada ni atenta, sino distante. Su actitud no era la de una mujer sabia usando sus conocimientos para ayudar a la parturienta. Traer una criatura al mundo es un proceso difícil, un tránsito peligroso en que madre e hijo se juegan la vida. Muchas fuerzas poderosas combaten entre sí y no basta la buena salud, ni los cuidados amorosos, sino que es necesario mantener alejadas las fuerzas maléficas, contentar a los espíritus del mundo subterráneo y contar con el favor de las divinidades que han de insuflar y mantener la vida. Ni una sola vez había visto a Cora actuar para aliviar el sufrimiento de Rea Silvia o acelerar el parto. Mucho menos murmurar palabras mágicas o realizar rituales que facilitasen el paso de los hijos de Marte de la oscuridad a la luz.
Arreciaba la tormenta y transcurría lenta la noche de camino al día. Tuccia empezaba a sospechar que Cora, lejos de prestar ayuda, había hecho algún conjuro para estorbar el nacimiento. No acertaba a imaginar por qué. Sin embargo esa idea cobraba fuerza en su mente y, al fin, decidió someterla a una pequeña prueba.

- Veo a Rea Silvia cada vez peor. ¿No deberías aplicar algún remedio? Temo que resista poco… – dijo acercando sus labios al oído de Cora, de espaldas a Rea para que ésta no la oyese y fingiendo añadir leña al fuego.
- ¿De qué te extrañas? – respondió la falsa partera, encogiéndose de hombros –. Vesta no puede ser benévola con quien ha infringido sus leyes. Habrá provocado en favor suyo la furia de otras diosas. Si las divinidades le dan la espalda a Rea, ¿qué podemos hacer ni tú ni yo?
- Tienes razón – dijo Tuccia –. No merece la pena preocuparse. Si quieres, nos turnaremos. Duerme tú ahora y dentro de un rato te despertaré.
Aceptó de buen grado Cora, harta ya de fingir lo que no era. Le vendría bien descansar y estar despejada para cuando llegara el momento de ver culminada su misión. Se complacía en imaginar la alegría de la reina Criseida y los regalos que recibiría como premio.
Apenas Tuccia comprobó que se había dormido, inició una minuciosa búsqueda por la cabaña. Registró primero el manto y el hatillo que había traído Cora y luego revisó, una a una, las pocas pertenencias que la vestal y ella habían acumulado, incluidas las entregadas por sus amigas la mañana anterior. Ignoraba qué debía buscar, un o

bjeto fuera de lo común, un nudo, o un amuleto sospechoso. No encontró nada. Sin embargo, su instinto le decía que la seguridad de Cora no era casual. Se sentó de nuevo al lado de Rea, cuya piel a ratos enrojecía y a ratos se tornaba pálida.
- Todo irá bien – le dijo apartándole un mechón de pelo de la frente sudorosa –. Tus gemelos nos traerán la luz, ya verás. Nacerán al alba.
Por una extraña inspiración, pensó en Kritubis y en las bandas de lana que había confeccionado para Rea Silvia exponiéndolas a la luz de Luna durante tres noches seguidas. Precisamente las acababan de transformar en tiras más estrechas para envolver a los recién nacidos. Se levantó a cogerlas y con ellas en las manos volvió junto a la vestal. Hundió su propio rostro en las bandas y pensó con intensidad en la sacerdotisa de Diviana. La llamaba en su auxilio pronunciando su nombre en silencio.

Kritubis se incorporó de un salto. Cerca de ella dormían Palantea y el anciano Alec, y el fuego se había reducido a unas cuantas brasas. La tormenta rugía como un animal acosado. Debía invocar enseguida a Diviana, el corazón le decía que algo malo estaba sucediendo. Se retiró a un rincón, hizo en el suelo una ofrenda de leche y harina, recitó sus fórmulas para llamar a la diosa y no cesó de hacerlo hasta saber que respondería a su súplica. Al volverse, vio a Alec de pié, con la cabeza inclinada, ante ella. Y comprendió que también él, que tanto afecto tenía por Rea Silvia, había presentido el peligro.
Jadeando tras haber recorrido el bosque en la oscuridad relampagueante de la tormenta, sorteando los obstáculos y las desigualdades del terreno enfangado por la lluvia y con el agua chorreándole por los costados, llegó a la vista de la cabaña y se detuvo en la fronda. Observó. Un relámpago hizo visible la columna de humo que ascendía hacia el cielo y luego, al retornar la oscuridad, vio brillar la luz a través del ventanuco. Recorrió

con la vista la hondonada. Por el suelo de roca, levemente inclinado, un torrente de agua se dirigía rápido hacia las encinas y allí se detenía empapando la tierra.
Esperó el siguiente relámpago y, con paso ligero, cruzó el espacio que lo separaba de la cabaña. Se ciñó al muro y lo recorrió silencioso, apartándose para sortear la tinaja del agua. Antes de llegar al ventanuco se detuvo. Levantó el hocico y olfateó. El olor procedía de un hueco en la pared, tan pequeño que no alcanzaba a meter el morro. Con la lengua trató de extraer la cinta de lana, pero estaba anudada a un palo de la armadura y sus extremos empapados y adheridos al adobe. Rascó con la pata para hacer más grande el hueco, pero resultó inútil. Al fin, tras muchos intentos, se retiró de nuevo al bosque.
- ¿Has oído? – dijo Rea Silvia a Tuccia haciendo un gran esfuerzo para hablar –. El aullido de un lobo. Tal vez Marte se esté apiadando de mí.
- Te ha elegido como madre de sus hijos, Rea. No dudes de su ayuda – le respondió su amiga, con las lágrimas a punto de saltar de sus ojos. Careciendo de experiencia, ignoraba que el largo y penosísimo proceso por el que estaba pasando Rea Silvia lo habían recorrido otras mujeres. Dar la vida exige ese dolor. Por ese sufrimiento y peligro compartidos en un momento crucial, el vínculo que nos une a nuestras madres es tan fuerte.

- Toc, toc, toc – oyeron de pronto. No era un sonido lejano como el del lobo, sino muy próximo. Como si allí mismo estuviera picoteando un picoverde, el ave consagrada a Marte. ¿Un pájaro carpintero trabajando en la noche? ¿Y qué madera estaría horadando? ¿Por qué?
- Es una señal – dijo Tuccia. Estaba convencida de la intervención protectora del dios Marte y de la maldad de Cora. Miró hacia donde esa infame mujer estaba tumbada y comprobó que seguía durmiendo. Ojalá permaneciera así durante el mayor tiempo posible, al menos se evitaría oír sus palabras de desprecio y su indiferencia.
Cesó durante unos momentos el ruido del picoverde y volvió a reanudarse enseguida. Luchando entre la curiosidad y un temor reverencial, Tuccia se debatía sobre si asomarse o no al ventanuco para ver qué estaba pasando. ¿Habría sido un lobo la sombra fugaz que había visto cuando le hacía la ofrenda a Silana? Y ¿qué estaría picoteando el picoverde en una pared de adobe, cuando él sólo agujerea la madera?

Se asomó por fin. Había cesado la lluvia. Silana ordenó a las encinas agitar sus hojas creando una corriente de aire que rompió en jirones las nubes sobre la hondonada y la inundó de luz de Luna. Lo hizo a tiempo para que Tuccia pudiera ver a un picoverde con las patas apoyadas en la pared exterior, junto a la ventana. El ave sacudió dos o tres veces hacia atrás la cabeza y con la última quedó colgando de su pico una cinta de la cual pendía un trocito de madera. Batió sus alas y levantó el vuelo alejándose vertiginosamente antes de que las nubes se volvieran a cerrar.
Ahora ya sabía Tuccia que parte del peligro había sido conjurado. Cora había atado la cinta en el exterior, estaba segura. Tendría que hacer algo para deshacerse de ella y evitar que pudiera hacer más daño a Rea Silvia. Sin embargo, convenía mantener la calma, actuar de la manera adecuada y en el momento preciso para que saliera bien. Un error podría ser fatal.
Entonces Rea Silvia se incorporó apoyándose sobre los codos.
- Ayúdame a levantarme, Tuccia – le dijo –. Mis hijos ya están aquí.
* Las fotografías de esculturas son mías, excepto la de la mujer que hace una ofrenda. Las demás, incluida ésa, proceden de internet.
NOTA: Estimados amigos: sigo promocionando mi novela "Dido reina de Cartago".
Él próximo miércoles 22 de febrero de 2012, a las 19,15 horas, se presentará en:
Intersindical Valenciana
c/ Juan de Mena, nº 18,
Valencia
Junto con la autora, intervendrán: Dª Carmen Aranegui, professora d’Arqueologia de la Universitat de València y Dª Isabel Morant, professora d’Història de la Universitat de València.
¡OS ESPERAMOS!